La historia de Juan Rodríguez

Ayer, desechando disquetes (¡disquetes!) de mi antiquísimo segundo PC, reconocí uno con una etiqueta naranja sin nada escrito. Este disquete era uno de mis lugares secretos que utilizaba para escribir mis chorradas e idas de olla con el Word 95. Como intelné lo usaba el 0,01% de la población (Bill Gates, el Pentágono, el inventor del Netscape y pocos más), no había blogs ni esas cosas tan modernas, me tenía que conformar con escribir, almacenar y de vez en cuando releer lo que ya había escrito.

También escribía relatos. Un tipo de historia que practicaba mucho era el de vidas de gente. Me sentaba a imaginar la vida de alguna persona que hubiera visto en la calle, por ejemplo. O la inventaba de cero. Al terminar de escribir siempre me quedaba muy relajado, así que habitualmente lo hacía por las noches, cuando ya no se escuchaba nada ni a nadie, solos yo y el infernal ruido de la fuente de alimentación de aquel ordenador.

Hoy os dejo una de estas historias, rescatada de mi disquete naranja desde el año 1996. Quizás sea ésta la que más gente ha leído, no más de cuatro o cinco personas, porque no acostumbraba a enseñar este tipo de cosas. Os advierto que es una historia un tanto triste y pesimista, un poco fuera del estilo de este blog, así que si tienes el día tonto, o estás con en síndrome post-vacacional, y vas buscando algo que te alegre el día, quizás no se trate de esto.

LA HISTORIA DE JUAN RODRÍGUEZ
Juan Rodríguez es un hombre gris. Vive su vida, nada del otro mundo.
Se despierta cada mañana, una tras otra,
y se acuesta por la noche, después de su ración de tele. Entre medias, nada de particular.
Va al trabajo de diez de la mañana a dos de la tarde. Vive solo.
Va al trabajo de cinco de la tarde a nueve de la noche. Vive solo.
Últimamente duerme poco.
Su frigorífico está siempre tan vacío como su ánimo.
Su armario esta lleno de ropa gris, camisas blancas y zapatos negros. Su cama está fría incluso en verano, pero no le importa porque Tiene un buen sueldo.
Doscientas cincuenta mil, un buen sueldo.
Se da pequeños caprichos, puede permitírselo. Ahorrar un poco más y cambiar de coche.
Un coche pequeño, de esos que están de moda. Pequeño pero divertido.
Disfraz del alma.
Sueña con conocer a una mujer.
No pide mucho, sólo que le quiera tal y como es. No pide mucho.
Que no le importe su calva cada vez mayor. Que le de igual que use gafas gruesas.
Que le anime en los días de lluvia, como hoy.
Que aprecie sus virtudes. Cocina bien. Es bueno en su trabajo. Que compartan un destino.
No pide tanto. Que le quiera.
Sólo tiene que decidirse.
La ciudad esta llena de mujeres solitarias como él. Solo tiene que buscar.
Llamará un dia a ese amigo que hace tiempo que no ve. Quedarán para salir.
Algunas copas y todo será fácil entonces. Una chica simpática que le sonrie.
Le comenta lo bien que cocina. Merluza en salsa verde. Entrecot a la pimienta.
Es el rey de la pasta.
A ella le parece muy bien, le gusta, es difícil encontrar a un hombre que cocine bien, hay pocos como tu, la verdad, a mi me encanta el pescado, soy una fanaaaaatica del pescado. ¿Que te sale muy bien el mero a la marinera? Genial, debes tener un
don especial. Que chico tan simpaaaaaatico. Oye, a lo mejor nos vemos otro día, ¿verdad? ¡Hasta otra!
¡Hasta otra! Hasta otra. Bien.
Vale. Adios.
(Hasta nunca).
La resaca no perdona. La tristeza aún es peor. Peor incluso que su soledad.
O al menos iguales. Nadie se merece esto.
Es normal, comprende que no interese a nadie. Es normal.
¿Qué importa eso? ¿Qué importa él?
Desde que mamá murió ha perdido el rumbo. Mamá sí que era buena.
Era una santa. Ya no hay mujeres así. Ya no hay gente así.
Su frígorífico está siempre tan vacío como su ánimo. Él es bueno. Tiene un buen sueldo.
Últimamente duerme poco. Pero, ¿qué importa?
¿A quién le importa?
Su soledad se hace profunda. Casi no duerme.
Las pastillas son una droga. Pero no puede dejar de tomarlas.
Le dan las pocas horas de sueño que tiene. Las pocas horas de paz que le calman. Hay que pintar el piso.
Las paredes ya están amarillas por el humo de miles de cigarros. Tal vez otro dia.
Mañana quizás.
Pero esta noche va a ser larga. Juan entra en el dormitorio.
La misma escena noche tras noche. La cama está deshecha, pero
¿A quién le importa?
La luz tímida de la lámpara de su mesita de noche no invita al descanso. Necesitará dos pastillas.
El teléfono nunca suena.
No puede dejar de mirar los números del despertador. Parece que tiene sueño, apaga la luz.
Pero no era cierto.
Enciende la luz. Apaga la luz.
Los números rojos le resultan desagradables. Enciende la luz.
Necesitará dos pastillas más, tal vez tres. Apaga la luz.
Los vecinos del cuarto vuelven a la carga con el sonido estridente de los muelles de su cama. Gemidos ahogados.
Vive solo. Enciende la luz.
Necesitará tres pastillas más. En el frasco quedan cuatro. Juan apura el frasco.
Apaga la luz.
Mañana no irá a trabajar. Mañana no madrugará.
Su jefe le comprenderá, seguro.
Es buena persona, le paga un buen sueldo. Mañana pintará las paredes del piso.
E intentará dejar de fumar.
Y puede que conozca a la mujer de su vida. La vida le empezará a sonreír.
Mañana.
Comienza a dormir.
Sus músculos comienzan a aflojarse. Sus ojos enrojecidos se cierran.
Los pensamientos oscuros se evaporan. Su cama es más cómoda.
Tranquilidad.
El ritmo cardiaco disminuye.
Se encoge en la cama como un niño. Quizás sea el destino.
Su corazón se para. Deja de respirar.
Un hilo de saliva se desliza entre sus labios y cae en la almohada. Mañana.
Su cuerpo se para. Se enfría.
Mañana no irá al trabajo.
Su jefe lo comprenderá. Seguro. Mañana no madrugará.
No pintará las paredes del piso. Juan Rodríguez era un hombre gris. Vivía solo.
Pero, ¿a quién le importa?

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12 pensamientos en “La historia de Juan Rodríguez

  1. Me ha gustado. Y eso que estoy con el síndrome post-vacacional y todas esas cosas…

    A ver si publicas más, que no se queden en los disquetes.

  2. eltabernero dice:

    Me ha gustado, of course.

  3. Ana dice:

    muy buena Mike. Lo peor de esta historia es que realmente hay gente que se encuentra en esa situación y eso es triste. Aún así, he de decir que me encantan los chicos que se dicen grises…

    p.d.: lo leí antes de las vacaciones por si…

    Espero más de estas…ja!

  4. chrom dice:

    Se deja leer muy bien, me ha gusta mucho. Venga pasa otra.¡¡Que rule!!, ¡¡que rule!!

  5. gamboi dice:

    Me gusta muchísimo el estilo “frasecortapuntoyaparte” que utilizas aquí :). Además es cortitamente llevadero, así ya estás vaciando el disquette poco a poco :P.

  6. emedeme dice:

    Pues es de agradecer que el disquete haya sobrevivido los 12 años que dices que tiene 🙂

  7. picomike dice:

    Me alegro de que os guste! La verdad es que no tenía pensado seguir rescatando las momias de ese disquete, la intención es escribir cosas nuevas, pero sigo en mi bloqueo habitual, espero que cuando acabe lo que tengo entre manos pueda escribir algo que sea más que “la B con la A: BA”. Ya sabéis que es una de mis pequeñas inquietudes…

    Gracias a todos. 😉

  8. Chica de Marte dice:

    Me ha gustado mucho. Lo que es la rueda de la monotonía. Perfectamente descrita. Y a mí que los hombres grises siempre me recuerdan a Momo…

    Besitos!!!!

    PD.- Yo también guardo un montón de disckets

  9. Marmen dice:

    Es genial aunque muy triste. Ánimo y sigue escribiendo.

    Besos

  10. picomike dice:

    CdM, Momo, cuánto tiempo! Menudo flashback acabo de tener…

    Marmen, en cuanto me desoxide intentaré hacer algo. A ver qué sale!

    Muchas gracias! 😀

    Besos

  11. […] No me ralles con la música del Streets of Rage es el injusticiado blog que se me había olvidado meter en la lista y por el cual he cambiado el título del post. Esta bitácora es el blog personal de Picomike, amante del maravilloso juego que ilustra su nombre y cabecera y donde nos habla de lo que le venga en gana, así como publica pequeñas joyitas como esta. […]

  12. Benton dice:

    Es bonito. Está en la línea de las paranoias que escribo cuando he dormido 4 horas o menos. Pon máaaaaaas, anda.

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